Criar en tiempos de sobreinformación: cuando el exceso de consejos genera más ansiedad que calma
“El problema no es informarse. El problema es cuando la información deja de ser una herramienta y se convierte en una fuente de angustia. Cuando, en nombre del bienestar del niño, la casa se vuelve un espacio rígido, tenso, hipervigilado”.
Vivimos en una época donde la información está al alcance de un clic. Nunca antes los padres tuvieron tanto acceso a investigaciones, recomendaciones, guías, expertos y opiniones sobre cómo criar a sus hijos “de la mejor manera”. Sin embargo, paradójicamente, nunca antes la crianza había estado tan cargada de ansiedad.
Pantallas, horarios, alimentación, sueño, estimulación, límites, emociones. Todo parece tener una regla, un tiempo exacto, una forma correcta y otra incorrecta. Y en medio de ese bombardeo aparece una sensación cada vez más frecuente en consulta: “Siento que no lo estoy haciendo bien”.
La crianza bajo lupa constante
Hoy muchos padres crían con la sensación de estar siendo evaluados todo el tiempo. Por otros padres, por la familia, por el colegio, por el pediatra, por las redes sociales, por el último artículo científico que alguien compartió en un grupo de WhatsApp.
“Yo leí que…”, “a mí me dijeron que…”, “ahora se recomienda que…”.
Así, sin darnos cuenta, la crianza deja de sentirse como un proceso vivo y humano para convertirse en una lista de chequeo interminable. Cuando la realidad familiar no encaja en ese molde ideal, aparece algo muy potente: la culpa.
Culpa por permitir algo que “no deberíamos”.
Culpa por no sostener la rutina perfecta.
Culpa por cansancio.
Culpa por necesitar una pausa.
Cuando el cuidado se transforma en control
El problema no es informarse. El problema es cuando la información deja de ser una herramienta y se convierte en una fuente de angustia. Cuando, en nombre del bienestar del niño, la casa se vuelve un espacio rígido, tenso, hipervigilado.
Hogares donde todo está medido: minutos de pantalla, horarios exactos, alimentos permitidos y prohibidos, respuestas emocionales correctas e incorrectas. Padres agotados tratando de hacerlo bien. Niños creciendo en ambientes donde el error, la flexibilidad o el desorden parecen peligrosos.
Paradójicamente, el exceso de control suele generar más desregulación, no menos. Más tensiones, más conflictos, más desgaste emocional dentro de la familia.
Pantallas, pasado y miedo
Nuestros padres nos criaron con mucha menos información. Ojo, eso no significa que todo haya sido ideal ni que debamos romantizar el pasado. Hubo errores y prácticas que hoy sabemos que es importante revisar. Pero también hubo algo valioso: menos miedo.
Veíamos televisión, nos aburríamos, improvisábamos, jugábamos solos. Hoy, muchas de esas experiencias se han satanizado. Y no, no se trata de dejar a un niño ocho horas frente a una pantalla sin acompañamiento. Se trata de entender que el problema no es la pantalla en sí, sino el contexto, el contenido y el vínculo que la rodea.
El riesgo aparece cuando pasamos de revisar y acompañar… a prohibir desde la angustia.
El sueño, la comida y la trampa de la rigidez
Algo muy similar ocurre con el sueño y la alimentación, dos de los temas que más ansiedad generan en la crianza actual.
¿Cuántas horas debe dormir? ¿Una siesta o dos? ¿Dormir toda la noche o despertarse? ¿Comer más hoy y menos mañana es normal?
La información suele presentar patrones ideales que no siempre reflejan la realidad cotidiana. Y la realidad es mucho más simple y, a la vez, más humana: hay días en los que un bebé duerme menos y otros en los que duerme más. Días en los que come con entusiasmo y otros en los que apenas prueba.
Hay etapas, regresiones, saltos del desarrollo, cambios emocionales.
No todo cambio es un problema.
No toda variación es una señal de alarma.
No todo “no cumplir” significa que algo esté mal o que los padres estén fallando.
Cuando entendemos esto, el foco cambia: dejamos de perseguir horarios rígidos y empezamos a observar, acompañar y ajustar con calma, en lugar de intervenir desde el miedo.
Informarse sin perder el equilibrio
Quizá uno de los mayores desafíos de la crianza actual no sea la falta de información, sino aprender a convivir con ella sin perder el criterio ni la tranquilidad. Informarse es importante, sí, pero no a costa de vivir en estado de alerta permanente ni de convertir el hogar en un espacio de control constante.
Cada niño es distinto. Cada familia tiene su propio ritmo, su contexto y su historia. Lo que funciona para uno no necesariamente funciona para otro. Y ahí es donde la sobreinformación puede volverse peligrosa: cuando borra las individualidades y empuja a comparar, a corregirse todo el tiempo, a criar desde el miedo y no desde el vínculo.
Criar con salud emocional implica observar más y alarmarse menos. Confiar más y culparse menos. Entender que el desarrollo no es lineal, que hay días buenos y días difíciles, y que eso también es parte de crecer.
Y cuando las dudas aparecen —porque aparecen—, no se trata de buscar la respuesta perfecta en internet o redes sociales, sino de apoyarse en profesionales que puedan mirar al niño y a la familia en su totalidad, sin recetas universales. Psicólogos, pediatras y especialistas que acompañen desde la comprensión, no desde la exigencia.
A veces, cuidar mejor no es hacer más, sino hacer con más calma.
Menos perfección.
Más presencia.
Más humanidad.
“Y ahí es donde la sobreinformación puede volverse peligrosa:
cuando borra las individualidades y empuja a comparar, a corregirse todo el tiempo, a criar desde el miedo y no desde el vínculo”.