Gratitud para despedir y empezar

Ayer empecé a pensar en el post de fin de año.

No tenía una idea clara, solo una sensación que todavía no sabía nombrar.

Mientras lo pensaba, estos días fueron pasando cosas. Cosas pequeñas y cotidianas, de esas que no se planean, pero que se quedan dando vueltas —para bien— en la cabeza. Y todas, de alguna manera, me llevaron al mismo lugar: la gratitud. No como una frase bonita, sino como algo más profundo. Como una forma de pararse frente a la vida.

Cada vez que esa palabra aparece, pienso en una persona que ya no está, pero que sigue muy viva en mi manera de mirar. De ella aprendí, sin explicaciones, que agradecer no tiene que ver con celebrar, sino con tomar conciencia: de lo recibido, de lo vivido y también de aquello que no fue fácil.

Me enseñó que la vida hay que tratarla con cuidado.

Que nada es tan simple como parece.

Que incluso en los días difíciles hay algo que merece ser mirado con humanidad.

Con los años entendí que muchas de las cosas que hoy valoro vienen de ahí. De haber visto a alguien seguir adelante sin endurecerse, sin amargarse, sin perder la capacidad de dar, incluso cuando no sobraba nada.

Por eso hoy pienso que ser agradecido no es estar bien todo el tiempo.

Es mirar la vida con más atención.

Es valorar lo que otros hacen por nosotros.

Es sentir que estar aquí, simplemente estar, ya es un regalo.

No sabemos bien qué hacemos en este mundo ni cuánto tiempo tenemos. Pero cada día es una oportunidad para mirar con más atención: a las personas, a los gestos, a eso que muchas veces pasa desapercibido.

Este año eso se me hizo evidente en cosas muy simples.

Un detalle inesperado.

Un agradecimiento espontáneo, dicho sin guión.

Un paciente que, a su corta edad y con mucha honestidad, logra decir: “gracias, esto me ayudó”.

Ahí entendí algo importante: cuando una persona se siente acompañada de verdad, algo se acomoda por dentro. Y desde ahí, agradecer no cuesta. Sale solo. No como una deuda, sino como una expresión.

Eso, para mí, vale más que cualquier meta cumplida.

Tal vez el verdadero sentido de este año no esté en todo lo que hicimos,

sino en cómo estuvimos:

en cómo vivimos lo cotidiano

y en cómo supimos valorarlo.

Porque cuando uno está presente, atento y abierto,

la gratitud aparece sola.

Cerrar un año desde la gratitud no es hacer un balance perfecto.

Es detenerse un momento y reconocer lo que dejó huella.

Las personas que marcaron el camino.

Las enseñanzas que no se olvidan.

Las presencias que siguen acompañando, aun cuando ya no están.

Tal vez no se trata de cerrar el año con respuestas,

sino con una forma distinta de mirar.

Mirar la vida con más atención.

Mirarnos con menos dureza.

Mirar a los otros sin apuro.

Agradecer no porque todo haya sido fácil,

sino porque seguimos acá.

Porque algo aprendimos.

Porque algo cambió.

Y agradecer, en silencio, a quienes nos enseñaron que, vivir con gratitud, también es una forma de amar.

Ps. Daniel Trujillo Torrealva

Licenciado en psicología por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Magíster en Educación por la Universidad Andrés Bello de Chile. Magíster en Neuropsicología por la Universidad Europea de Madrid. Máster en Mindfulness y en psicología Infantojuvenil por la Universidad de Zaragoza. 

Psicoterapeuta familiar y experto en neurodiversidad e inclusión. Psicoterapeuta familiar y de enfoque cognitivo conductual. 

Ha liderado equipos psicopedagógicos en colegios y universidades creando programas preventivos e intervenciones para el desarrollo socioemocional de niños, adolescentes y familias. Es fundador y director de Tándem Psicólogos y docente de la Facultad de Psicología de la UPC. 

Siguiente
Siguiente

Criar en tiempos de sobreinformación: cuando el exceso de consejos genera más ansiedad que calma