No dejar de ser padres en verano

Aunque el contexto sea más liviano, siguen necesitando límites, presencia y coherencia. No bajemos la guardia con nuestros hijos.

El verano llega con mucha expectativa de descanso, sol, pausa. Los días se alargan, el cuerpo pide relajarse en la playa, aire libre, encuentros con amigos, celebraciones. Y con eso, muchas rutinas se aflojan. Los horarios cambian, las normas se vuelven más flexibles y el cansancio acumulado del año parece pedir tregua.

Y está bien descansar. Pero a veces, en medio del calor, del ruido, de la sensación de “por fin soltamos”, algo importante puede diluirse sin que nadie lo note: el rol parental.

En consulta lo vemos con frecuencia. Padres y madres que llegan al verano exhaustos, con la necesidad legítima de desconectarse, pero que sin quererlo pasan de acompañar a retirarse. No desde el abandono, sino desde el cansancio. Desde la idea de que “en verano todo vale”, de que es momento de dejar hacer, dejar pasar, dejar fluir.

El problema no es relajar las normas, el problema es cuando las normas desaparecen.

El verano no suspende las necesidades emocionales de niños, niñas y adolescentes. Ellos también se desordenan, se sobreestimulan, se cansan, se frustran. Siguen necesitando límites, cuidado, presencia y coherencia. Siguen mirando a los adultos como modelos: cómo se relacionan, cómo regulan sus emociones, cómo se cuidan a sí mismos y a los demás. La evidencia muestra que la regulación emocional infantil se desarrolla observando a los adultos y mediante experiencias de corrección y contención externa (Eisenberg, Spinrad, & Eggum, 2010).

Y aquí aparece un punto sensible: el ejemplo.

El consumo de alcohol, la exposición excesiva, la falta de supervisión, los mensajes contradictorios (“haz lo que digo, no lo que hago”) no pasan desapercibidos. Aunque parezca que los niños están entretenidos o que “no se dan cuenta”, el mensaje queda. El cuerpo aprende y la conducta se observa. La literatura sobre modelamiento parental y aprendizaje social muestra que niños y adolescentes aprenden por observación y no solo por instrucción verbal (Darling & Steinberg, 1993).

Ser padres en verano no significa ser rígidos ni autoritarios. Significa seguir siendo guías, aunque el contexto sea más relajado. Significa adaptar las normas, no eliminarlas. Sostener acuerdos claros incluso cuando el ambiente invita a soltarlos. Esto se alinea con el estilo parental autoritativo, que combina calidez con límites y se asocia a mejores resultados en regulación emocional y conducta (Baumrind, 1991; Smetana, 2017).

Porque el límite también cuida. El límite ordena, da seguridad y permite disfrutar sin desbordarse. La investigación muestra que ejercer control parental flexible (no intrusivo) protege sin coartar y genera autonomía emocional saludable (Grolnick & Pomerantz, 2009).

Y también implica algo importante: cuidarse como adultos. Descansar no es desaparecer. Disfrutar no es perder el rol. Celebrar no es dejar de mirar. Los hijos no necesitan padres perfectos, pero sí adultos disponibles, atentos y coherentes.

Tal vez el verano sea una oportunidad distinta: no para dejar de ser padres, sino para serlo de otra manera. Más presentes en el juego, más atentos al vínculo, más disponibles emocionalmente. Aprovechar el tiempo compartido no solo para entretener, sino para conectar.

Desde Tándem creemos que la parentalidad no se toma vacaciones, pero sí puede cambiar de ritmo. Puede volverse más flexible, más cercana, más humana, sin dejar de ser responsable. Acompañar también es cuidar cuando el entorno se vuelve más intenso.

El verano pasa, el calor baja y las rutinas vuelven. Pero lo que los niños y adolescentes viven, observan y aprenden en este tiempo también queda. Que este verano sea un espacio de descanso, sí. Pero también de presencia, de cuidado, de ejemplo.

Porque bajo el sol más fuerte, seguir siendo padres funciona como una sombrilla que protege a los que más nos necesitan.

La parentalidad no desaparece en vacaciones: cambia de ritmo. El desafío es descansar sin dejar de acompañar.


Referencias

Baumrind, D. (1991). The influence of parenting style on adolescent competence and substance use. The Journal of Early Adolescence, 11(1), 56–95.

Darling, N., & Steinberg, L. (1993). Parenting style as context: An integrative model. Psychological Bulletin, 113(3), 487–496.

Eisenberg, N., Spinrad, T. L., & Eggum, N. D. (2010). Emotion‐related self‐regulation and its relation to children’s maladjustment. Annual Review of Clinical Psychology, 6, 495–525.

Grolnick, W. S., & Pomerantz, E. M. (2009). Issues and challenges in studying parental control: Toward a new conceptualization. Child Development Perspectives, 3(3), 165–170.

Smetana, J. G. (2017). Current research on parenting styles, dimensions, and beliefs. Current Opinion in Psychology, 15, 19–25.

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