¿Le quito el celular a mi hijo? Lo que realmente deberías hacer

Ser adolescente hoy no es lo mismo que era para nosotros. Y no es solo por los cambios propios de la edad, sino por el mundo en el que están creciendo: un mundo rápido, hiperestimulado, inmediato y, muchas veces, abrumador.

El celular ya no es un accesorio. Es parte de su vida. Es donde conversan, se integran, pertenecen.

Y ahí aparece una duda que veo todo el tiempo en padres:

¿se lo quitamos o los dejamos?

La verdad es que no hay una respuesta simple.

Porque el celular no es el problema en sí, pero tampoco es algo neutro.

En estos tiempos, los adolescentes se vinculan a través de este dispositivo. Sacarlos completamente de ese espacio puede dejarlos fuera de su grupo y de su mundo. Pero al mismo tiempo, nunca antes habían estado tan expuestos.

A diferencia de nuestra generación - o la de nuestros padres -, que aprendió con la televisión o la radio, hoy la estimulación es constante, diseñada para engancharlos y sin pausas reales.

Y eso sí cambia las reglas del juego

Entonces no se trata de prohibir ni de permitir sin límites.

Prohibir todo puede generar más rebeldía o desconexión.

Y, por el otro extremo, dejarlos completamente libres es soltarlos en un entorno para el que todavía no están preparados.

Y aquí está el punto clave:

el verdadero desafío actual es enseñarles a autorregularse.

Y algo importante antes de continuar: este artículo no está dedicado para el abordaje de este problema en niños pequeños. En esas etapas, las recomendaciones son claras en limitar pantallas de acuerdo al rango de edad. Aquí estamos hablando de adolescentes que ya viven en un mundo donde el celular forma parte de su realidad.

Hay una pregunta que aparece todo el tiempo en consulta y en conversaciones con padres:

“¿A qué edad debería mi hijo tener celular?”

Y aunque muchos esperan una respuesta clara, casi como una regla, la verdad es que no hay una edad exacta.

No existe un número mágico en el que, de pronto, a los 16 o 18 años, un adolescente va a saber autorregularse solo.

Porque la autorregulación no aparece de un día para otro.

Se aprende con el tiempo, con la experiencia y sobre todo con acompañamiento.

Y ahí está el punto que a veces incomoda:

si no han tenido oportunidad de aprender antes, ¿por qué esperaríamos que lo hagan bien después?

Es un tema controversial, sí.

Porque también entendemos el miedo. La exposición en nuestros días es mucho mayor, más intensa, más difícil de controlar. Pero hasta ahora, la evidencia no nos da una respuesta única que diga “a esta edad sí” y “antes no”.

Lo que sí sabemos es esto:

no es solo una cuestión de edad, es una cuestión de proceso.

De cuánto acompañamiento hay, de qué tan presentes estamos y de qué herramientas les vamos brindando en el camino.

Porque al final, más que decidir cuándo darles un celular, la pregunta importante es:

¿los estamos preparando para usarlo?

Y aunque a veces cueste verlo, el celular también puede ser una oportunidad.

Así como nosotros aprendimos (muchas veces equivocándonos) a manejar nuestro tiempo frente a pantallas, ellos necesitan aprender a tolerar el aburrimiento, a no depender de la validación constante, a manejar la comparación social y a poner límites a su propio consumo.

Pero hay una diferencia clave:

ellos no pueden hacerlo solos.

Ahí es donde entramos nosotros.

No como policías, sino como guías.

Porque más que controlar todo lo que hacen, lo importante es acompañarlos en cómo lo hacen. Conversar, interesarnos genuinamente por lo que ven, entender qué les gusta, qué les engancha. Poner límites claros, sí, pero con sentido.

Y sobre todo, dar ejemplo, porque ellos observan mucho más de lo que escuchan.

También hay señales que vale la pena mirar sin caer en el alarmismo: cuando el celular empieza a generar irritabilidad intensa si no lo tienen, cuando se van aislando, cuando el sueño se altera, cuando todo gira demasiado en torno a lo que pasa en redes o cuando su ánimo depende mucho de eso.

Ahí ya no estamos hablando solo de uso, sino de la relación que están construyendo con el celular.

Y de eso se trata todo al final:

no del dispositivo en sí, sino de la relación que construyen con él.

El mundo al que están expuestos no lo vamos a poder cambiar. Es un mundo intenso, exigente y muchas veces una “jungla caótica”.

Pero sí podemos prepararlos para vivir en él.

Educar hoy no es alejarlos de la tecnología,

es enseñarles a usarla sin perderse en ella.

Porque al final, más que controlar lo que hacen,

lo que realmente queremos es que aprendan a decidir bien, incluso cuando nosotros no estemos.

 

Este artículo no nace solo de la teoría, sino de años de escuchar, acompañar y aprender de adolescentes y sus familias. De lo que dicen, de lo que callan y de lo que vamos entendiendo juntos en el camino, porque es ahí —en la experiencia real— donde la teoría finalmente cobra sentido.

Gracias por confiar en nosotros.

-Daniel

Ps. Daniel Trujillo Torrealva

Licenciado en psicología por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Magíster en Educación por la Universidad Andrés Bello de Chile. Magíster en Neuropsicología por la Universidad Europea de Madrid. Máster en Mindfulness y en psicología Infantojuvenil por la Universidad de Zaragoza. 

Psicoterapeuta familiar y experto en neurodiversidad e inclusión. Psicoterapeuta familiar y de enfoque cognitivo conductual. 

Ha liderado equipos psicopedagógicos en colegios y universidades creando programas preventivos e intervenciones para el desarrollo socioemocional de niños, adolescentes y familias. Es fundador y director de Tándem Psicólogos y docente de la Facultad de Psicología de la UPC. 

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